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Aclarar las metas: ¿a dónde quiero ir?

Las metas personales y empresariales de un emprendedor están inextricablemente vinculadas. Mientras que el director de una compañía que cotiza en Bolsa tiene la responsabilidad fiduciaria de maximizar el valor para los accionistas, los emprendedores crean sus empresas para alcanzar metas personales y, si fuera necesario, buscan inversores con metas similares.

Antes de que puedan establecer metas para una empresa, los emprendedores han de ser explícitos respecto a sus metas personales. Y se deben preguntar periódicamente si esas metas han cambiado. Muchos emprendedores dicen que van a poner en marcha su negocio para conseguir independencia y controlar su destino, pero esas metas son demasiado vagas. Si se paran a pensar en ello, casi todos los emprendedores pueden identificar metas que son más específicas. Por ejemplo, pueden buscar salida para unas dotes artísticas, una oportunidad de experimentar con nuevas tecnologías, una forma de vida flexible, el vértigo que genera el rápido crecimiento, o la inmortalidad de crear una institución que personalice sus más arraigados valores.

Financieramente, algunos emprendedores buscan beneficios rápidos, algunos desean generar un cash flow satisfactorio y otros buscan las plusvalías que se derivan de la creación y venta de una compañía. Algunos emprendedores deseosos de constituir instituciones sustentables no asignan una gran prioridad a los rendimientos económicos personales. Pueden rechazar las propuestas de adquisición sea cual fuere el precio, o vender acciones a precio muy asequible a los empleados para asegurar su lealtad a la institución.

Sólo cuando los emprendedores pueden decir lo que desean personalmente de sus empresas tiene sentido que se planteen las tres preguntas siguientes:

¿Qué clase de empresa necesito formar?
La sustentabilidad a largo plazo no preocupa a los emprendedores que buscan beneficios rápidos derivados de operaciones que no entrañan continuidad. De manera similar, los denominados emprendedores de la forma de vida, cuyo interés radica en generar suficiente cash flow para mantener una cierta forma de vida, no necesitan crear empresas que pudieran sobrevivir sin ellos. Pero la sustentabilidad – o la creencia en ella – significa mucho para los emprendedores que confían en terminar vendiendo sus empresas. La sustentabilidad es todavía más importante para los emprendedores que desean crear una institución que sea capaz de renovarse a lo largo de sucesivas generaciones de tecnologías, empleados y clientes.

Las metas personales de los emprendedores deben determinar también el tamaño que desean alcanzar para la empresa que crean. La empresa de riesgo de un emprendedor de forma de vida no tiene que crecer demasiado. De hecho, una empresa que se hace demasiado grande puede impedir que su fundador disfrute de la vida o que personalmente se mantenga al tanto de todos los aspectos del trabajo. En contraste con esto, los emprendedores que buscan plusvalías deben formar compañías suficientemente grandes para soportar una infraestructura que no precise su intervención cotidiana.

¿Qué riesgos y sacrificios exige tal empresa?
Crear una empresa sustentable – esto es, una cuyo principal activo productivo no sean simplemente las habilidades, contactos y esfuerzos del fundador – frecuentemente entraña arriesgadas apuestas a largo plazo. Al contrario que una consultoría en solitario – que genera fondos desde el principio – las empresas de riesgo duraderas, tales como aquellas que producen bienes de consumo con marca, precisan continuas inversiones para conseguir ventajas sostenibles. Por ejemplo, los emprendedores pueden necesitar publicidad para dar a conocer y consolidar una marca. Para pagar las campañas publicitarias puede que necesiten reinvertir los beneficios, aceptar socios capitalistas o garantizar las deudas con su patrimonio personal. Para dar profundidad a sus organizaciones, los emprendedores pueden tener que confiar en empleados inexpertos para tomar decisiones cruciales. Además, pueden pasar muchos años antes de que se materialice cualquier rendimiento, si es que se llega a materializar alguno.

La continua asunción de riesgos puede resultar estresante. Tal como observa un emprendedor: «Cuando empiezas, sencillamente oyes una voz interior que te dice “Hazlo”, como en el anuncio de Nike. Eres ingenuo porque aún no has cometido tus errores. Luego vas viendo todas las cosas que pueden salir mal. Y como ahora tu patrimonio tiene valor, piensas que tienes mucho más que perder.»

Los emprendedores que explotan empresas de riesgo de pequeña dimensión, o de forma de vida, se enfrentan a formas diferentes de riesgo y de estrés. Las personas de talento normalmente evitan las compañías que no ofrecen opciones de compra de acciones y en las que sólo hay unas oportunidades limitadas de crecimiento personal, por lo que los desvelos del emprendedor pueden no tener fin. Dado que los negocios personales son difíciles de vender y suelen requerir la presencia diaria del propietario, los fundadores se pueden ver encadenados a sus negocios. Se pueden enfrentar a problemas económicos si caen enfermos o sencillamente agotados. «Me paso la vida corriendo, corriendo y corriendo», se quejaba un emprendedor cuyo negocio le produce medio millón de dólares al año. «Trabajo 14 horas al día y no puedo recordar cuándo tomé mis últimas vacaciones. Me gustaría vender el negocio, pero ¿quién va a querer comprar una empresa sin infraestructura ni empleados?»

¿Puedo aceptar esos riesgos y sacrificios?
Los emprendedores han de reconciliar lo que desean con lo que están dispuestos a arriesgar. Pensemos en Joseph Alsop, cofundador y presidente de Progress Software Corporation. Cuando Alsop creó la empresa en 1981, tenía treinta y pico años, una esposa y tres hijos. Con esa responsabilidad, dice, no quería asumir los riesgos necesarios para formar una sociedad anónima que factura miles de millones como Microsoft, pero él y sus socios estaban dispuestos a asumir los riesgos necesarios para crear algo más que una empresa de servicios personales. En consecuencia, seleccionaron un nicho de mercado que era suficientemente grande para permitirles formar una compañía sustentable, pero no lo suficientemente grande para atraer a los gigantes del sector. Trabajaron durante dos años sin salario alguno e invirtieron sus ahorros personales. Al cabo de diez años habían hecho de Progress una sociedad anónima cotizada en bolsa y con un valor de 200 millones de dólares.

Los emprendedores harían bien siguiendo el ejemplo de Alsop y pensando explícitamente lo que están y lo que no están dispuestos a arriesgar. Si los emprendedores ven que sus empresas – aunque tengan éxito – no les satisfacen personalmente, o si descubren que el logro de sus metas personales les exige asumir más riesgos y hacer más sacrificios que los que están dispuestos a soportar, necesitan determinar de otra manera sus metas. Cuando los emprendedores hayan compaginado sus metas personales y empresariales, habrá llegado el momento de que se aseguren de contar con la estrategia adecuada.